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Katrina, un infeliz cumpleaños

Por Javier Sierra

Está pobre la piñata del primer cumpleaños del Huracán Katrina. Un año después de aquellos terribles días de finales de agosto y principios de septiembre de 2005, son pocos los dulces que nos encontramos en el inevitable recuento.

"Aquello fue un ambiente terrible de amargura y soledad", recuerda Emma Prevost, una hondureña-americana de 82 años que escapó de Katrina "con el agua al cuello. Yo lo perdí todo. Sólo pude salvar a mis tres perritos. Y sólo la fe en Dios me salvó a mi".

Después de siete meses de vivir con familiares y amigos en varios lugares del país, doña Emma regresó a Nueva Orleáns en marzo una vez que el gobierno federal le adjudicó una casa-remolque donde vive llena de incertidumbre sobre su futuro.

Sus dudas están justificadas. Muchas de esas casas-remolque tienen niveles elevados de formaldehído, un producto químico que puede causar dolores de cabeza, congestión en el pecho y hemorragias nasales.

"Quiero que se acabe esta aventura y mudarme a mi casa", dice. "No sé si me va a llegar mi parte de la ayuda federal [para reconstruir]".

La incertidumbre de doña Emma es el denominador común no sólo en Nueva Orleáns, sino en las zonas del Golfo de México que desolaron Katrina y Rita. Y esta incertidumbre es el fruto de la resistencia de las autoridades a aprender de los errores del pasado.

Un año después, los trabajadores latinos -la columna vertebral de las labores de limpieza y reconstrucción- siguen siendo especialmente vulnerables a la explotación laboral y las sustancias tóxicas que impregnaron el área tras la inundación.

Según un estudio de las universidades de Tulane y California at Berkeley, los trabajadores indocumentados -un gran porcentaje de la fuerza laboral de la zona- "laboran a menudo en condiciones peligrosas sin equipo protector y ganan mucho menos que sus contrapartes documentados".

El estudio también develó que sólo un tercio de los indocumentados conoce los peligros de retirar asbesto y moho, dos sustancias altamente tóxicas, mientras que el 65% de los documentados sí comprende estos riesgos.

Es injusta y dolorosa esta situación de ignorancia y abandono que sufren estos trabajadores, y los gobiernos locales, estatal y federal deberían ser mucho más expeditivos en aplicar la ley y prevenir estos abusos.

Otra lección que seguimos sin aprender es que destruir las zonas costeras naturales es como tirar piedras contra nuestro propio tejado. Los pantanales que hace décadas abundaban en la costa del Delta del Mississippi actuaban como una inmensa esponja contra las violentas mareas y vientos provocados por los huracanes.

Pero hoy decenas de miles de acres de estas barreras naturales han desaparecido, y uno de los principales culpables es un canal llamado el Mississippi River Gulf Outlet (MRGO). El Sierra Club llevaba décadas exigiendo que se abandonara esta desastrosa obra del Cuerpo de Ingenieros del Ejército.

Según los expertos, el canal, el cual une el Golfo con Nueva Orleáns, actuó como un embudo que multiplicó la velocidad y altura de la marea. Esto a su vez provocó la ruptura de los diques y la monstruosa inundación de la ciudad.

Finalmente el Cuerpo de Ingenieros vio la luz y recientemente accedió a la clausura del canal. Pero todavía quedan por restaurar decenas de miles de acres de pantanales que juegan un papel crucial como primera línea de defensa.

Las acciones irresponsables de la industria petrolera de la zona es otra de las asignaturas pendientes. Según estudios, Katrina y Rita destruyeron 113 plataformas petroleras y de gas, y dañaron 457 oleoductos y gasoductos. Un incidente especialmente infame fue el derrame de 1.05 millones de galones de crudo procedentes de un tanque de almacenamiento de la compañía Murphy Oil. El desastre, ocasionado por fallas de mantenimiento, impregnó de crudo más de una milla cuadrada de St. Bernard Parrish, al sur de Nueva Orleáns.

Es esencial que a la industria petrolera se le exija rendir cuentas y que ayude en la restauración de los pantanales costeros. Esta industria debe tener planes detallados de evacuación y retirar su infraestructura del paso de la tormenta cuando sea posible. Además, las instalaciones que no puedan evacuarse deben reforzarse para resistir tormentas de Categoría 5.

A sus 82 años, doña Emma -mientras limpia su jardín a golpe de machete- también parece tener una vitalidad de Categoría 5. Pero reconoce que su ciudad "no está lista para otro embate" y reza para que "las hermanas de Katrina nunca se pasen por aquí".

Ese es nuestro deseo también en este infeliz cumpleaños.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. Para más información: www.sierraclub.org/ecocentro.


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Katrina One Year Later: An Unhappy Birthday
By Javier Sierra

The piñata for Hurricane Katrina's first birthday looks sad. A year after those awful days of late August and early September 2005, we find just a few pieces of candy as we survey the landscape.

"Those days were full of terrible bitterness and loneliness," recalls Emma Prevost, an 82-year-old Honduran-American who escaped Katrina "with water up to my neck. I lost everything. I could only save my three little dogs. And only my faith in God saved me."

After seven months of living with friends and relatives in several parts of the country, Ms. Prevost returned to New Orleans in March once the federal government provided her with a trailer, where she now lives uncertain about her future.

Her doubts are well justified. Many of those government-issued trailers have high levels of formaldehyde, a toxic that can cause headaches, chest congestion and nose bleeds.

"I want this adventure to end and to move into my home," she says. "But I don't know whether I will get the federal aid I have requested [to rebuild]."

Ms. Prevost's uncertainty is the common denominator not only in New Orleans but throughout the parts of the Gulf devastated by Katrina and Rita. And this uncertainty is the result of the resistance by the authorities to learn from the mistakes of the past.

A year later, Latino workers - the backbone of the cleaning and rebuilding efforts - continue to be especially vulnerable to exploitation and the toxic chemicals that covered the area after the flooding.

According to a report by Tulane University and UC Berkeley, undocumented workers - a large percentage of the area's labor force - "often work in hazardous conditions without protective gear and earn less than their legal counterparts."

The report also revealed that only one third of undocumented workers are aware of the dangers of removing asbestos and mold, two highly toxic substances, whereas 65 percent of documented workers understand those risks.

This dangerous ignorance and the neglect that these workers suffer are unjust and painful, and local, state and federal governments should better enforce the law and prevent these abuses.

Another lesson we have not learned is that destroying our natural coastal areas is like casting stones in a glass house. The marshes that used to cover the Delta's coasts acted as an immense sponge against the violent surges and winds unleashed by hurricanes.

But today, tens of thousands of acres of these natural barriers have vanished, and one of the main culprits is a channel called Mississippi River Gulf Outlet (MRGO). For decades the Sierra Club has called for the closure of this disastrous piece of Army Corps of Engineers work.

According to experts, the MRGO, which connects the Gulf of Mexico with New Orleans, funneled Katrina and multiplied the speed and height of the storm surge. This, in turn, provoked the rupture of the levees and the monstrous flooding.

Thankfully, the Corps recently agreed to shut down the MRGO. Yet tens of thousands of wetland acres, which play a crucial role as a first line of defense against storms, still need to be restored.

The oil industry's irresponsible action in the area is another unlearned lesson in this drama. According to studies, Katrina and Rita destroyed 113 platforms and damaged 457 pipelines. An especially infamous incident was the spill of 1.05 million gallons of crude from a storage tank belonging to Murphy Oil Corp. The disaster, the result of maintenance failures, covered with crude more than a square mile of St. Bernard Parrish, south of New Orleans.

It is essential that the oil industry be held accountable and help in the restoration of coastal wetlands. This industry must have detailed evacuation plans and whenever possible move its infrastructure away from the path of storms. Also, those installations that cannot be moved must be strengthened in order to withstand Category 5 hurricanes.

At 82, Ms. Prevost clears her garden with a machete and also looks to have Category 5 vitality. But she acknowledges that her city "is not ready for another hit" and prays that "Katrina's sisters will never visit her home again."

That is also our wish on this unhappy birthday.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist. For more information, please visit www.sierraclub.org/ecocentro


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