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Una Lección Tóxica

Por Javier Sierra

Al acercarse a cualquiera de las cuatro plantas petroquímicas que rodean la Escuela Secundaria César Chávez, se hace cada vez más claro el tintineo. Y al llegar a cualquiera de ellas, nos damos cuenta que el concierto de campanillas proviene de los cientos de etiquetas de aluminio adjuntas al laberinto de tuberías que forman las instalaciones.

Pero ésta música es lúgubre porque cada etiqueta marca un escape de alguna de las sustancias más tóxicas que se conocen. Además, cuanto más nos aproximamos a las plantas petroquímicas, más insoportable se hace el hedor a huevos podridos causado por las emisiones.

La escuela se encuentra en el barrio de Manchester, el más contaminado de Houston, la ciudad más contaminada de Estados Unidos. Cada año las diez plantas petroquímicas situadas en o cerca de Manchester emiten 1.9 millones de libras de contaminantes atmosféricos, más que en ningún otro lugar de Estados Unidos. Según un informe del Houston Chronicle, allá los niveles de tres reconocidas sustancias cancerígenas --1,3 butadin, benceno y cloroformo-- sobrepasan con mucho los niveles máximos permitidos por el gobierno federal.

En la "Capital Mundial de las Fresas", Watsonville, en la Costa Central de California, existe una escuela elemental predominantemente latina en el fondo de una hondonada prácticamente rodeada de campos de cultivo. Esos campos han fumigado con algunos de los pesticidas más tóxicos que se conocen, como el bromuro metílico, un conocido causante del cáncer. ¿Cómo se llama la escuela? Salsipuedes Elementary School.

Estas y muchas otras escuelas predominantemente latinas del país tienen mucho en común --todas se encuentran en lugares peligrosamente tóxicos que comprometen la salud física y mental de sus estudiantes.

Según un estudio del Centro para la Salud, el Medioambiente y la Justicia, en los estados de Massachussets, Michigan, Nueva Jersey y Nueva York hay medio millón de estudiantes en escuelas que están a sólo media milla de basurales tóxicos. Otro estudio en Texas develó que 200,000 estudiantes asisten a escuelas situadas a menos de dos millas de una planta química.

En nuestro país, una escuela puede construirse en cualquier lugar tóxico abandonado, y sólo siete estados prohíben la edificación de centros escolares en lugares tóxicos activos. En otras palabras, hasta hace unas semanas nuestro país parecía no tener remordimiento alguno de mandar a su más valioso recurso, sus niños, a estudiar junto a los desechos tóxicos de nuestra sociedad.

Y digo unas semanas porque fue el 31 de marzo cuando la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), rompiendo con ocho años de total apatía por parte de la administración Bush, finalmente anunció que estudiaría 62 escuelas de 22 estados para medir la toxicidad del aire que respiran sus estudiantes.

"Como madre, comprendo que los padres de familia se merecen recibir esta información tan pronto como sea posible", dijo la Administradora de la EPA, Lisa Jackson, prometiendo que una vez que se sepan los resultados "se actuará de inmediato para proteger a nuestros hijos y sus escuelas".

La decisión de la EPA se basó en un informe del diario USA Today publicado en diciembre, el cual develó que el aire que se respiraba en 435 escuelas de todo el país pareció ser más tóxico que el de una escuela de Ohio que se clausuró en 2005 debido a la inaceptable calidad del aire.

En más de la mitad de las escuelas investigadas, los estudiantes están en peligro de contraer cáncer y enfermedades respiratorias debido a la existencia de compuestos tóxicos. En siete de esas escuelas, se detectaron niveles muy superiores a lo que el gobierno federal considera seguro de metales pesados como el manganeso y el cromo, y sustancias cancerígenas como el benceno y el naftaleno.

"No basta con insistir en una mejor educación", dice Juan Parras, un activista texano que lleva años tratando de relocalizar la escuela César Chávez de Houston. "Tenemos que dejar fuera de la ecuación escolar los venenos a los que están expuestos nuestros hijos".

Y lo menos que todos les debemos en este mes en el que celebramos el Día de la Tierra, es aprender esta lección tóxica.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. El Sierra Club es la mayor y más antigua organización de base medioambiental en Estados Unidos.


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A Toxic Lesson
By Javier Sierra

The jingling gets louder and louder as you approach any of the four petrochemical plants that surround Cesar Chavez High School. When you arrive at any of them, you realize the jingling comes from the hundreds of aluminum tags attached to the maze of pipes making up the facilities.

But this music is deadly. Each tag marks a leak of some of the most toxic substances known. Also, the closer we get to the plants, the more unbearable the stench of rotten eggs caused by the emissions becomes.

The school is in the Manchester barrio, the most polluted in Houston, which is the most polluted city in America. Each year, ten petrochemical plants in and around Manchester spew 1.9 million pounds of air pollutants, more than in any other place in the U.S. According to a Houston Chronicle exposé, the levels of three known carcinogens in Manchester -- 1,3 butadiene, benzene, and chloroform-- by far exceed maximum federal levels.

In the "Strawberry Capital of the World," Watsonville, on California's Central Coast, a predominantly Latino elementary school lies in the bottom of a shallow valley, almost completely surrounded by growing fields. The fields have been fumigated with some of the most toxic pesticides in use, including methyl bromide, an infamous carcinogen. Its name is Salsipuedes ("get out if you can") Elementary School.

These and many other predominantly Latino schools throughout the country have a lot in common --they all are built in dangerously toxic places that put the students' health in danger.

According to a study by the Center for Health, Environment and Justice, in the states of Massachusetts, Michigan, New Jersey and New York there are half a million students in schools only half a mile from a toxic dump. Another study in Texas revealed that 200,000 students attend schools located less than two miles from a chemical plant.

In our country, a school can be built in any abandoned toxic site, and only seven states ban school construction in active toxic sites. In other words, up until just a few weeks ago, we Americans seemed to have no remorse about sending our most precious resource, our children, to attend school next to our society's toxic waste.

And I say weeks because it was on March 31 when the Environmental Protection Agency (EPA), breaking with eight years of total apathy by the Bush administration, announced that it will investigate 62 schools in 22 states to measure the toxicity of the air breathed by those students.

"As a mother, I understand that concerned parents deserve this information as quickly as we can gather and analyze it," said EPA Administrator Lisa Jackson, pledging that once the results are known, she will act swiftly "to protect our children at their schools."

The EPA decision was based on a December exposé by USA Today, which revealed that the air breathed in 435 schools throughout the country seemed to be more toxic that that of an Ohio school that was shut down in 2005 because its air quality was unacceptable.

In more than half of the investigated schools, students were in danger of contracting cancer and respiratory diseases because of the presence of toxic compounds. In seven of those schools, the levels of heavy metals, such as manganese and chrome, and carcinogens, such as benzene and naphthalene, far exceeded maximum federal levels.

"It's not enough to insist on a better education," says Juan Parras, a Texas activist who has been fighting for years to move Cesar Chavez High School to a safe location. "We have to remove the poisons our children are exposed to from the school equation."

And the least we all could do in this month when we celebrate Earth Day is to learn this toxic lesson.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist. For more information, please visit www.sierraclub.org/ecocentro


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