Click our logo for the Sierra Club homepage.
Printer-friendly version Share:  Share this page on FacebookShare this page on TwitterShare this page by emailShare this page with other services

Sierra & Tierra
Los Ceniceros Tóxicos

Por Javier Sierra

El Sureste de Puerto Rico contiene algunos de los lugares más encantadores de esta Isla del Encanto. Sus playas, sus palmeras, su blanca arena y abundantes horas de sol, sin embargo, esconden una amenaza cierta a la salud de casi 100,000 residentes.

Se trata de centenares de miles de toneladas de cenizas de carbón que se han ido distribuyendo a lo largo y ancho de esta parte de la isla. Este subproducto de la combustión del carbón procede de una planta energética cercana propiedad de la multinacional AES.

Cada año, la planta genera unas 300,000 toneladas de cenizas, las cuales contienen metales pesados de gran toxicidad, como mercurio, plomo, bario, cadmio y otros. Y AES empeora la situación librándose de las cenizas de la peor manera posible: prácticamente regalándosela a las comunidades vecinas.

"AES no tiene absolutamente ninguna instalación para el desecho de las cenizas", dice Ruth Santiago, asesora legal del Comité Diálogo Ambiental y otros grupos comunitarios de la isla. "Todas las cenizas las distribuyen aquí para lugares de construcción".

La corporación "vende" las cenizas tóxicas a 15 centavos la tonelada como relleno para carreteras y otras construcciones.

"Es un regalo para librarse de ellas", agrega Santiago. "La corporación provee la transportación gratuita de las cenizas. Es un subterfugio para cumplir con una resolución de la Junta de Calidad Ambiental que exige que las cenizas se vendan a precio de mercado".

Los 15 centavos por tonelada son mucho menos que el valor de otros materiales de relleno.

Durante una reciente audiencia ante la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), Santiago testificó que en un lugar de Puerto Rico, AES "vertió una virtual montaña de cenizas", un acto irresponsable parecido al que ocurrió en la República Dominicana en 2003, que le costó a AES varios millones de dólares en multas y compensaciones legales.

Pero en Puerto Rico, AES tiene las manos libres. Y esta falta de responsabilidades la acabarán pagando las comunidades aledañas, como Arroyo, Guayama y Salinas.

"En algunos lugares donde han enterrado las cenizas profundamente, han llegado por debajo del nivel freático del acuífero", advierte Santiago. "Eso quiere decir que esas cenizas ya están en contacto con el agua potable de la comunidad".

Pero incluso los residentes del área que reciben el agua de otras fuentes también están expuestos a las cenizas.

"Debido a los vientos y a que las cenizas se depositan sin cubierta alguna", explica Santiago, "hay lugares en los que se levantan nubes completas que exponen a la población a estas cenizas".

Lo que está ocurriendo en el Sureste de Puerto Rico se repite centenares de veces en comunidades de todo Estados Unidos. Las 500 plantas de combustión de carbón existentes en el país generan cada año 150 millones de toneladas de cenizas.

Al ser almacenados en estanques sin prácticamente ninguna protección, estos venenos llegan a fuentes de agua potable subterráneas y de superficie. Más de 100 ríos, arroyos y lagos ya han sido contaminados, y el número aumenta sin cesar.

Estudios de la Academia Nacional de Ciencias demuestran que estos almacenamientos de cenizas son tóxicos; y según la EPA, pueden aumentar los riesgos de contraer cáncer a 2,000 veces más de lo considerado aceptable.

Sin embargo, pese a su gran toxicidad, las cenizas de carbón están menos reguladas que la basura de nuestros hogares. No existen regulaciones federales para estos residuos, y más de dos tercios de los estados no requieren protección alguna en los estanques y depósitos donde se almacenan, como colocar revestimientos para aislarlas de las fuentes de agua potable.

Por fortuna, la EPA ha reconocido la toxicidad de las cenizas de carbón y está celebrando audiencias públicas, incluyendo una en la que testificó Santiago, para determinar si el gobierno federal debe adoptar regulaciones para proteger a nuestras comunidades y asegurarse del correcto desecho de estos materiales tóxicos.

Como era de esperar, la industria carbonera se está oponiendo con uñas y dientes a esta propuesta de la EPA. Esta actitud es especialmente indignante si consideramos que ya hay alternativas, incluyendo en Puerto Rico, a las terribles consecuencias de nuestra adicción a los combustibles fósiles.

"El Sureste de Puerto Rico es idóneo para la energía solar por la gran cantidad de horas de sol que recibe", dice Santiago. "Además, las brisas de la isla son ideales para la generación de energía de viento".

Ya basta de que la industria carbonera use a nuestras comunidades como sus ceniceros tóxicos.

Javier Sierra es columnista del Sierra Club. Sígale en Twitter @javier_sc.


Sierra & Tierra
Toxic Ashtrays in Our Communities

By Javier Sierra

Southeastern Puerto Rico features some of the most charming places on this most charming of islands. Behind its beaches, palm trees, white sand and abundant sunlight hours, however, lurks a threat to the health of almost 100,000 residents.

I am talking about the hundreds of thousands of tons of toxic coal ash that has been spread throughout this part of the island. This byproduct of coal combustion comes from a nearby plant owned by the multinational AES.

Each year, the plant generates some 300,000 tons of coal ash, which contains highly toxic heavy metals such as arsenic, mercury, lead, barium, cadmium and others. And AES makes the situation even worse by disposing of the ash in the worst possible way: by practically giving it away to unsuspecting local communities.

"AES has absolutely no facilities to dispose of the ashes," says Ruth Santiago, legal advisor for the Comité Diálogo Ambiental and other community groups on the island. "All their ashes are distributed locally for construction sites."

The corporation "sells" its toxic ash at 15 cents per ton as filling material for roads and other types of construction.

"It's a gift to get rid of them," she adds. "The corporation provides transportation free of charge for the distribution of ashes. It's a subterfuge to meet the demands of the Board of Environmental Quality, which expects the ashes to be sold at market prices."

The 15 cents per ton is much less than the value of other filling materials.

During a recent Environmental Protection Agency (EPA) hearing, Santiago testified that at a site in Puerto Rico, "a virtual mountain of ashes was dumped" by AES, in an incident similar to the one that took place in the Dominican Republic in 2003, when AES had to pay several million dollars in fines and legal settlements.

But in Puerto Rico, there is no accountability for AES, and the local communities, such as Arroyo, Guayama and Salinas, will end up paying the consequences.

"In some places, where the ash has been buried so deeply, it has reached the top of the water table," warns Santiago. "That means that ash is already in contact with the community's drinking water."

But even the residents who get their water from other sources are also exposed to the ash.

"Because of the predominant winds and the fact that the ash is left uncovered," Santiago explains, "there are places where veritable clouds of ash rise in the air and expose people to these poisons."

What is taking place in South Eastern Puerto Rico repeats itself hundreds of times in communities throughout the US. The country's 500 coal-fired plants each year generate 150 million tons of coal ash.

Since they are stored in ponds, many with practically no safety measures, these poisons work their way into ground water and waterways almost unimpeded. More than 100 waterways throughout the country have already been polluted, and the number keeps growing.

Studies by the National Academies of Sciences show that these waste sites are toxic; and according to the EPA, they can increase your cancer risk to as high as a staggering 1 in 50.

However, regardless of the great toxicity of these coal ashes, they are less regulated than regular household garbage. There are no federal standards, and more than two thirds of the states don't even require basic protections, like liners to prevent coal ash from seeping into water supplies.

Fortunately, the EPA has acknowledged the toxicity of coal ashes and is currently holding public hearings, including the one Santiago testified in, to determine whether the federal government should adopt regulations to protect our communities and ensure the safe disposal of this toxic waste.

To no one's surprise, Big Coal is fighting this EPA proposal tooth and nail. This response is especially outrageous if we consider that there already are alternatives, including in Puerto Rico, to the terrible consequences of our fossil fuels addiction.

"Southeastern Puerto Rico is ideal for solar energy generation because of the great many sun hours that region receives," says Santiago. "Also, the island's breezes open great opportunities for wind energy."

Enough is enough. Big Coal must stop using our communities as their own toxic ashtrays.

Javier Sierra is a Sierra Club columnist. Follow him on Twitter @javier_sc.


Sierra Club® and "Explore, enjoy and protect the planet"® are registered trademarks of the Sierra Club. © 2014 Sierra Club.
The Sierra Club Seal is a registered copyright, service mark, and trademark of the Sierra Club.